Siempre han habido personas con una mente extraordinaria capaz de inventar artefactos que nos hagan la vida más fácil. Hoy en día, que estamos rodeados de tecnología y de grandes avances, nos hemos acostumbrado a vivir cerca de este tipo de elementos. Sin embargo, cuando la tecnología no estaba al alcance de cualquiera, muchas personas lograron inventar máquinas que nos parecían -y siguen pareciendo- fascinantes.

Viendo este artefacto, ¿podrías deducir para qué sirve? No es fácil, según parece sólo una de cada 10.000 personas puede averiguarlo. ¿Y si te digo que podíamos encontrarlo en los salones de belleza más exclusivos a principios del siglo XX?

Esta elemento tan aparatoso no es ni más ni menos que una máquina para hacer la permanente. Todos esos cables colgantes se enganchaban al pelo y después de muchas horas de trabajo conseguían dejar una permanente ‘perfecta’.

De hecho, no se trata de una máquina cualquiera, en realidad es la primera patente registrada en Estados Unidos como máquina de permanente. Su creadora, Marojorie Joyner, una mujer afroamericana graduada en una escuela de belleza, la patentó en 1928. Ella tenía su propio salón de belleza, aunque rápidamente se propagó y otros salones la adquirieron.

Hoy en día la permanente se consigue gracias a productos químicos, los cuales actúan con libertad y en un tiempo más o menos razonable. Sin embargo, esta máquina era bien distinta, casi una tortura para las mujeres que la utilizaban aunque, eso sí, solían repetir porque no había otra alternativa.

Conocemos de cerca su funcionamiento de la mano de Poe Baker, una mujer que cuenta su experiencia de niña. Ella nos cuenta que de pequeña tenía el pelo liso y, como bien sabemos, en aquel momento los rizos eran todo un canon de belleza.

Utilizar esa máquina, que en aquel momento era la última tecnología en cuanto a belleza se refería, conllevaba algunos riesgos. Para empezar, nos cuenta Poe, tenías que estar enganchada a la máquina medio día, sentada sin poder moverte. Los cables de la máquina, que acaban en pinzas, iban enganchados al pelo, sin embargo estos desprendían tanto que calor que muchas veces acababa quemando.

Ponían algodón y cosas alrededor de las orejas porque ellos podían quemarte con mucha facilidad. Yo sé que llegaron a quemar mucho pelo“, recuerda Poe.

Si lo comparamos con las permanentes actuales, el resultado también era muy distinto. Poe nos cuenta que era una permanente que no llegaba hasta la raíz del pelo, sólo a media melena, y que incluso no quedaba muy bonito. Después del tratamiento, el pelo se quedaba muy seco y tardaba unos 3 meses en ser manejable. Sin embargo, la misma Poe cuenta que ella repitió en varias ocasiones, y que por suerte ella no tuvo accidentes como quemarse el pelo.

Parece increíble lo fácil que resulta ahora aplicarse cualquier tratamiento capilar, como es la permanente, y lo rudimentario que era a finales de los años 20.

Fuente: awn, IndianaStateMuseum